‘No sé decir adiós’: Las fases de un duelo emocional

Crecer es aprender a despedirse. Bajo esta premisa, alegoría de la vida misma, Lino Escalera presenta con acierto en el Festival de Málaga ‘No sé decir adiós’, su ópera prima. Para el metraje, ha contado con un sobresaliente elenco. Un trío de dos hermanas y un padre formado por Lola Dueñas, Nathalie Poza y el siempre incombustible Juan Diego. “Es inusual que una mujer de nuestra edad tenga un papel tan protagonista”, admitía Poza. Carla, su personaje, lleva años sin hablar con su hermana, pero un día recibe una llamada inesperada de su parte. Su padre, José Luis, con quien mantiene una complicada relación, está muy enfermo. En un principio, Carla se niega a afrontarlo, pero después toma la decisión de sacar al hombre de su pequeño pueblo de Almería para llevarlo a Barcelona, convencida de que allí podrán encontrarle una cura. Juntos emprenden un viaje contrarreloj en el que intentan escapar de la muerte mientras aprovechan para recuperar todo el tiempo perdido. “Yo estoy en medio como una imbécil”, explica Lola Dueñas. Su personaje aporta el punto conciliador a la película. Una mujer soñadora, con las alas desgastadas de intentar volar y la cabeza puesta en otra vida que ambiciona tener.

Con visiones opuestas, Carla y su padre asumen la muerte de forma muy distinta. “Al final todos los personajes tienen algo de verdad, algo de biográfico”, admitía su director. Tozuda, incorrecta, atormentada y profundamente solitaria, Carla se aferra a la imagen de su padre, a la que recuerda de su niñez, y emprende una lucha sin éxito en pleno desgaste físico y emocional. Llena de aristas, la personalidad que imprime Nathalie Poza al personaje bien podría valerle un galardón. Dicen los críticos del Festival que la suya es, hasta ahora, la mejor interpretación femenina que ha desfilado por el Cervantes. Razones no les faltan.

Juan Diego vuelve a estar titánico. Su papel, molesto y gruñón, esconde en sí mismo una profunda añoranza por su familia. Sabe lo que se avecina, pero se niega a verbalizarlo. Quita hierro a la muerte, la asume sin pesar y espera que un día el dolor deje de atormentarle. En pleno aturdimiento, sus fugaces momentos de lucidez son toda una lección de vida. Es capaz, incluso, de confesarse a las puertas del óbito. La vida es urgente y Lino Escalera apunta alto. Un acierto con el que recuperar la ilusión en la Sección Oficial del  Festival.

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