‘El Bar’: Un retrato burlesco sobre nosotros mismos

Es la mejor película de Álex de la Iglesia. O al menos así lo piensa él. Es agónica, irónica y grotesca. El director recrea entre bambalinas un bar de la calle Mostenses y lo imagina como escenario de un tiroteo que concluye con dos heridos. Quedan siete personajes encerrados en el habitáculo, teorizando sobre lo que está pasando fuera. O dentro. La claustrofobia se adueña de los personajes en y acaba por contaminar al espectador, testigo de una monstruosidad excesiva que evoluciona con los personajes y con la trama. Los actores se ceden el testigo para ser, al mismo tiempo, protagonistas y figurantes, en planos contra planos de escenas ínfimas y punzantes.

Con el cénit bajo el papel de Jaime Ordóñez, un vagabundo predicador que consigue llevar el hilo conductor de la historia con un carisma desbordante. Junto a él, Mario Casas se transforma en el papel de Nacho, un hipster informático que acaba interpretando el papel antagónico de la película. Le siguen una potente Blanca Suárez, Terele Pávez como un animal indomable, Secun de la Rosa rompiendo el tópico de sus anteriores papeles carismáticos y Carmen Machi con un speech sobresaliente en la parte final de la película que acaba por dar sentido a todo lo demás.

La rapidez a la hora de resolver cada plano y la angustia con la que se suceden los acontecimientos aportan una agilidad, a veces asfixiante que da paso a varios climax en los que el ritmo de la cinta es más pesado. La producción y el montaje tienen tinten kafkianos. Incluso en sus escenas más delirantes, la película lograr arrancar una sonrisa al espectador, lo que denota una ironía grotesca propia del estilo de la marca de la casa. El trasfondo habla sobre las propias miserias del ser humano, y el miedo que nos hace descubrir nuestro verdadero yo en situaciones límite.

Una película arriesgada con un resultado que hará que su director vuelva a brillar en la gran pantalla. Y la lección, similar a las del resto de sus películas: la estupidez humana por encima de todo. Y es que, al final, todo se reduce a nuestro propio interés.

Sin embargo, no siempre cabemos todos por el mismo agujero. 

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