El amor no está escrito

Por estas páginas vagan dos mitades anhelantes en busca de la otra, chabacanas obsesiones que penden del azar y la ambición, grandes dosis de azúcar condensadas en sólidos terrones de fácil disolución, una procesión de corazones rotos aferrados a lo ajeno. Recuerdos y lágrimas o, dicho de otra manera, razones para llorar. De rabia, de impotencia, de debilidad, de desdicha, de proscripción, de rémora. Y, ante todo y sobre todo, de amor.

Cada párrafo encierra la historia de un sentimiento puro que jamás fue liberado, fugitivo en plenitud. Una montaña rusa de emociones. Y al mismo tiempo, celebra una idea romántica, de altruismo y sacrificio, de abnegación y entrega. Estos relatos van más allá del cuento del príncipe y la princesa que siguen siendo, al menos cada 14 de febrero, felices y están indigestos de perdices.

Por ejemplo, es la historia de dos jóvenes con destinos dispares que nunca habrían llegado a conocerse si las sinergias de la vida no jugaran malas pasadas. De dos familias rivales superadas por un amor clandestino. Esta es la historia de dos amantes desdichados.

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From forth the fatal loins of these two foes, a pair of star-cross’d lovers take their life.

Lo de Romeo y Julieta dicen que es la mayor historia de amor jamás contada. Es un alegato a la preponderancia de los sentimientos -”Con las alas del amor salté la tapia, pues para el amor no hay barreras de piedra”-, es la victoria del corazón ante la razón. En la era del usar y tirar, es un memorándum a la perseverancia -”Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar”-. Sus destinos se enredan con una serie de fatalidades inasumibles que cimentan la tragedia para, después de los latigazos, sumergirte en la realidad: “El amor de los jóvenes no está en el corazón, sino en los ojos”

Y en el camino de la juventud a la madurez florecen mil tentaciones. Hay otra buena historia sobre el amor (por lo) prohibido, la de Humbert Humbert, embaucado por las nínfulas. Este personaje, cuan dios de la antigua Grecia, solo ve íntegro su deseo buceando por la erótica de las jovencitas.

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba de pie, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita.

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Es el duro arquetipo de todos aquellos que saben de lo prohibido de su deseo, una razón que hace enloquecer aún más a la inconsciencia, al amor. Es una historia de sombras, las que envuelven la vida del protagonista y con las que transforma el mundo de su Lolita. Pero, a la vez, de libertad, de libertinaje, una explosión de lo obsceno. La cara y la cruz de los estratos desde los cuales puedes enfrentarte a sus páginas, a sus diversas lecturas.

Al final de todo, la historia de Nabokov es la de un deseo malsano, la de un amor que se marchita antes de florecer, la de la obsesión, la de la música triste, la del deseo y el ansia de renacer.

A decir verdad, es muy posible que la atracción que ejerce sobre mí la inmadurez resida no tanto en la limpidez de la belleza infantil, inmaculada, prohibida, cuanto en la seguridad de una situación en que perfecciones infinitas colman el abismo entre lo poco concedido y lo mucho prometido…

Es difícil contener los suspiros ante el amor y ante una sociedad hipócrita. Este es el caso de Werther, que se rinde a la tristeza ante un profundo sentimiento de melancolía que subyace de un desmedido espíritu romántico -“Si pudiera un momento, uno solo estrecharla contra mi corazón, todo este vacío se llenaría”-. Esta es una historia de amor no correspondido, donde la luz se va tiñendo de sombras, la alegría de desesperanza y la pasión de la fatalidad. Un trance en el Sturm und Drang.

Es una historia desmedida y desventurada que canta a la exaltación del amor, sepultado bajo impulsos reprimidos y que se ahoga en suspiros -“¡Siento tantas cosas… y mi pasión por ella devora todo! ¡Tantas cosas! Y sin ella, todo se reduce a nada”-.

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Estas páginas nos dicen que el amor lo puede todo, incluso la muerte. Ni San Valentín ni literatura romántica. El amor no es eso. El amor son las historias que nunca serán puestas en papel porque no hacen suspirar a nadie más que a sus protagonistas. Feliz no San Valentín.

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